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José Benito
09/09/2013, 12:26
Opinión.
¿Por qué para legitimar legalmente una relación estamos obligados a firmar un contrato con claúsulas que no hemos elegido?
Por el psicólogo: Juan Macías. T.627.79.73.74
El matrimonio se asocia inevitablemente a la pareja, el amor, la sexualidad y la crianza, aunque estos aspectos no siempre han ido unidos, ni mucho menos han sido monopolio de esta institución. El matrimonio, es el referente de unión afectiva, sexual y de crianza más sólido de nuestra cultura y eso lo hace tremendamente valioso, pero también fácilmente cuestionable.

En su origen “es una institución que atiende a la perpetuación y mantenimiento de unos bienes en el seno de un grupo familiar y que se diferencia de otro tipo de uniones regidas por el amor o por los encuentros sexuales” (Luis Carbajal 2012). Sólo en el siglo XII empezó a a tomar forma la idea de que el “amor y el matrimonio” iban juntos, y en el siglo XVIII se empezó a pensar que el enamoramiento debía ser una razón para el matrimonio (Coontz 2006). En el siglo XIX el cambio cultural le dio aún mayor importancia a los sentimientos y en el siglo XX se incluye la expectativa de satisfacción sexual en esta unión. El matrimonio es un contrato mercantil, al que, cuando la evolución cultural lo ha demandado, se ha añadido la faceta amorosa y sexual. Estos cambios han sido controvertidos y la institución se ha resistido a ellos. (“El amor es un mal motivo para casarse”. Clemente de Alejandría, Filosofo Cristiano).

En sus inicios la Iglesia se oponía al matrimonio y a cualquier forma de sexualidad. Transigió progresivamente promoviendo el celibato como principal virtud. “constituía el modo de vida privilegiado tanto para mujeres como para varones, y a él se aspiraba individualmente y en comunidades, con abierto desdén respeto a la familia tradicional” (Boswell 1996), de hecho inicialmente la iglesia era más favorable a las uniones entre personas del mismo sexo, (común incluso entre los propios religiosos), pues existía un rechazo a los ritos mercantiles heterosexuales y se quería potenciar los aspectos románticos y amorosos, más propios de las uniones homosexuales (Luis Carbajal 2012). El matrimonio no es monopolio heterosexual, ni siquiera como Sacramento.

El matrimonio regulaba la sexualidad únicamente en sentido reproductivo para garantizar herederos legítimos. Su origen no habla de fidelidad sexual o afectiva, sino de exclusividad de herederos. El matrimonio se asocia a una idea de “pareja estable”, porque la ruptura suponía incumplir un contrato con graves consecuencias para ambas familias y para los hijos/herederos. Esta fuerte censura a la ruptura no responde a razones afectivas ni modelos de vinculación, sino a sus consecuencias patrimoniales.

El matrimonio originado en un contrato patrimonial, acaba siendo nuestro principal referente en la construcción social e íntima de pareja y familia. Lleva implícita la perpetuación de una serie de valores y normas originadas en intereses patrimoniales y reformuladas desde la moral religiosa, (incluso en el matrimonio civil actual, Artículo 68, “los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente.”). Aceptar esta institución supone aceptar todo un sistema de valores: Ser heterosexuales, tener una relación de por vida, tener hijos, no tener sexo fuera de la pareja, ser unidad socio-económica, vivir juntos… Estos valores deben ser cuestionados porque son impuestos. Evaluamos nuestras relaciones de pareja en función a estos criterios. Si eres homosexual y tienes pareja eres “más” que quien no la tiene, si además eres pareja “cerrada”, más; si llevas 10 años, “mucho más”, y si además tienes hijos/as, “has ganado”. Me permito esta broma irónica sólo para señalar que existe un filtro para valorar las relaciones de pareja, invisible pero muy claro y definido.

Es comprensible que parte de la población homosexual anhele recuperar ese espacio de reconocimiento y normalidad, de acceso social a la pareja y la familia reconocida, a un sistema de valores que estructure su identidad y su forma de vivir, sus afectos y su sexualidad. Recuperar la pertenencia a lo social desde un sitio de derecho.

Pero también es evidente que otra parte de este colectivo cuestiona el matrimonio como una institución inválida en sí misma y se niegan a entrar en un modelo que abiertamente les descalifica.

Es importante decir desde la psicología y la sexología, que el matrimonio es un modelo de vinculación limitado y que responde únicamente a las necesidades de una parte de la población. Sin embargo esta institución monopoliza las formas de establecer pareja y familia desde un modelo único y normativo. Es necesario hablar de modelos de pareja, de modelos de familia y de sexualidades siempre en plural. No todas las personas quieren tener pareja, no todos los encuentros de pareja son estables, no todas las parejas o familias quieren o pueden procrear, (ni todos/as los que tienen hijos son pareja), no todas las parejas viven juntas, no todas la parejas tiene sexo, (ni es cierto que ninguna pareja tenga sexo con otros/as), etc. y que todo esto suceda no es una “excepción que confirma la regla” ni un “fallo”. Es una manifestación de la diversidad.

¿Podemos hablar de matrimonios, en plural, asumiendo una diversidad en su naturaleza? No. El matrimonio como institución legal o religiosa está claramente regulado y definido, es único y normativo. Es probable que el matrimonio no te resulte valido, o que tú no le resultes válido al “molde” de la institución matrimonial. Esto no te da información sobre tu salud afectiva o tu madurez personal, sino sobre las limitaciones de un concepto. Dicho esto, es importante responsabilizarse para construir el patrón de pareja/familia que cada uno/a necesita. La alternativa no es “la nada”, es necesario estructurar y construir nuestras relaciones. No tiene sentido caer en un “todo vale”, porque no es real y no funciona. La pareja requiere un esfuerzo consciente que no siempre asumimos. «No hay modelos ideales para ser feliz en la pareja, solo hay libertad para inventar uno propio». En el vínculo sano no hay “medias naranjas”, sino “naranjas enteras”, «porque en él somos exactamente como somos y dejamos que el otro sea exactamente como es» (Joan Garriga 2013).

El matrimonio homosexual es tan válido y legítimo como el heterosexual. Y tan incoherente, artificial o limitado para regular todas las parejas homosexuales, como para regular todas las parejas heterosexuales. Aun así sigue siendo el referente a partir del cual construir alternativas, y casi la única opción legal de pleno derecho.

Quizá la polémica no es “si los homosexuales tienen derecho al matrimonio”, postura conservadora y que independientemente de la respuesta perpetúa un orden social caduco. La polémica es otra. ¿Por qué para legitimar social y legalmente una relación de pareja estamos obligados a firmar un contrato con claúsulas que no hemos elegido y que no responden a la realidad de nuestra relación?,¿Por qué nos exigimos cumplir con este modelo para valorar una pareja?, ¿Qué queremos y necesitamos en nuestra pareja/ familia?

Fuente: El matrimonio homosexual o la cárcel de oro (http://www.ociogay.com/2013/09/04/el-matrimonio-homosexual-o-la-carcel-de-oro/)