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Por Isaias Fanlo

Este mes se celebra el 50º aniversario de la primera marcha del Orgullo (anteriormente conocido como Día de la Liberación Gay). En 1970, miles de personas marcharon para conmemorar los disturbios de Stonewall que habían tenido lugar un año antes para protestar contra la brutalidad policial contra maricas y trans.

Sí, en Stonewall hubo violencia. Sí, se destruyeron locales y mobiliario urbano. Y sí, es una lástima, pero resulta que esta fue la única manera que nuestra comunidad tuvo de decir basta ya. Había que gritar alto y fuerte para que el mundo nos viera y escuchara lo que teníamos que decir.

Los disturbios de Stonewall (al igual que los disturbios que están ocurriendo en Minnesota, Washington, Chicago y muchas otras ciudades de los Estados Unidos) deben ser considerados como lo que son: una consecuencia del verdadero problema. Y el verdadero problema es la discriminación sistémica y la opresión contra aquellos que no tienen acceso al privilegio.

Así que por favor, centrémonos en el verdadero problema.

El Orgullo no es, o no debería ser, una mera fiesta. Es una manera de honrar a nuestros antecesores maricas y trans que lucharon por nosotras, una manera de apoyar a los que aún sufren de homofobia y transfobia, y recordarnos que la lucha por la justicia no ha terminado, y nunca se acabará. Por eso es importante solidarizarnos con nuestros hermanos y hermanas que sufren discriminación racial todos los días.

En una de las fotos de este post aparecen las dos heroínas de los disturbios de Stonewall: Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. Una mujer trans negra, y una mujer trans latina. Las dos sufrieron tanto el racismo como la transfobia (sí, también dentro de nuestra propia comunidad LGBT). Así que, incluso si puedes disfrutar de privilegios ahora, nunca olvides de dónde vienen tus predecesores. Porque esta también es tu lucha.