PLUMAS DIVERSAS


El otro día, en una conversación telefónica, una amiga heterosexual soltó un comentario que me dejó de piedra.
Dijo simplemente que las lesbianas activistas éramos todas muy feas.
En realidad utilizó la tercera persona y no me metió en el saco (porque es mi amiga y me quiere, no por otra cosa), pero yo me sentí tan ofendida como si me hubiera dado el título indiscutible a la más horrorosa de las lesbianas sobre la faz de la tierra.
Todo esto, que no deja de ser un comentario banal y desafortunado, tiene mucho trasfondo y mi pobre hetero pagó cara su osadía, ya que le lancé una arenga en contra de los estereotipos y explicando la diversidad lésbica que debió dejarle la cabeza como un bombo.

Y es que la imagen de las lesbianas, y más la de las lesbianas feministas, ha sido siempre muy negativa, casi podía ser utilizado como insulto: feas, hoscas, bordes…, así nos veía la gente.
Y como todo rumor extendido del que no se tiene pruebas pero todo el mundo da por cierto simplemente por no utilizar una neurona en cuestionarlo, así se ha quedado para mucha gente: las lesbianas activistas somos todas feas…y con mucha pluma, que es a lo que intuyo que se refería en realidad mi amiga.

Menos mal que una no se deja llevar por las maldades ajenas que no intentan otra cosa que menoscabar su orgullo lésbico y no duda en disfrutar día a día de esa maravilla que es el universo de las lesbianas, que es diverso, rico, complejo y en continua evolución.
Solo hace falta tener ojos y unos cuantos años para ver cómo han cambiado las cosas en muy poco tiempo.

Madrid, mediados de los 90 (por ejemplo)

Vamos a situarnos: si utilizamos la mani del orgullo como medida (muy relativa, ya lo sé) de la situación del colectivo gltb en nuestro país, aquel año a la manifestación no fueron más de 500 personas. El activismo lésbico vivía un buen momento, grupos consagrados trabajaban incansablemente y otros nuevos surgían en la universidad y en el barrio de Lavapies.

Las lesbianas eran chicas duras: no era fácil salir del armario, no había ningún tipo de referente público, ni series de televisión con lesbianas estupendas, ni fiestas mensuales exclusivas para chicas…vamos, que las lesbianas eran chicas duras.
El orgullo lésbico, por lo tanto y como suele suceder en condiciones adversas, vivía también un buen momento y esto desembocó naturalmente en la exaltación de la pluma. La que era lesbiana, lo era de verdad, y tenía que notarse. El ambiente estaba poblado por lesbianas de pelo corto, pantalones, camisas anchas que no dejaban ver ningún tipo de curva femenina, y el look se radicalizaba cuanto más se involucraban en la lucha lésbica.

La lesbiana femme en muchas ocasiones estaba mal vista, algo así como una lesbiana que quería ocultar que lo era, como una renegada del mundo bollero. Se utilizaba la pluma para reafirmar el orgullo, la pluma hacía visible, permitía reconocerse, cumplía una función: la de sentirse parte de un grupo, el de las lesbianas y fuera de otro, el heterosexual, siendo el primer grupo prácticamente invisible para el segundo.
Un claro ejemplo de esto último lo encontramos en la frase que difundieron en 1995 las “Panteras Rosas”: “¿Reprimir mi pluma yo? Ni muerta”.

Pasito a pasito…

…la sociedad empezó a cambiar. Llegaron los 2000 y la situación de la mujer mejoraba, aunque fuera a paso de tortuga. Empezábamos a ocupar la universidad, el número de licenciadas era elevadísimo y, lo que es más importante, ya no solo estudiábamos carreras de letras, que siempre se caracterizaron por una elevadísima tasa de paro. Y aunque no existía la igualdad total, la situación laboral de las jóvenes mejoró bastante.

A su vez, estas mujeres encontraban un panorama diferente en su entorno, más permisivo, menos rígido que unos años atrás, por lo que muchas salían del armario muy pronto. Comenzaban a organizarse fiestas exclusivas para lesbianas, ya teníamos nuestro propio espacio. Pequeño y esporádico, pero ya teníamos un espacio propio.

Todas estas circunstancias influyeron en el activismo lésbico: cuanto mejores son las condiciones, menos ganas de lucha se tienen, así que los colectivos fueron desapareciendo o perdiendo fuerza. Las mujeres jóvenes lo tenían más fácil, no sentían esa necesidad de pertenecer a un grupo porque no se sentían solas ni en el armario, por lo que la pluma, como elemento común a toda lesbiana, fue dejando de ser una necesidad casi gregaria.
Obviando todo el componente político que tenía la pluma, las lesbianas se vestían, hablaban y actuaban simplemente como les apetecía. Llevar un escote no se interpretaba ya como un intento de disimulo…no había nada que disimular, de hecho, significaba únicamente eso, que querían llevar un escote. O pintarse. O ponerse una falda.
Ya no resultaba tan imperiosa la necesidad de reconocerse a simple vista, ya no era necesaria la pluma.

Y entonces, ¿qué pasa con la pluma?

Ante semejante panorama de diversidad, ante la ausencia de una característica común que nos identificara como grupo, se disparó la alarma: ¿qué estaba pasando con las lesbianas? ¿Qué pasaba con el orgullo de saberse y reconocerse como lesbiana?
Esta diversidad que no hacía sino indicar que éramos libres para expresarnos como nos viniera en gana, para algunas suponía a su vez una grave pérdida de identidad y lo que es peor: al ser iguales que el resto, nos difuminábamos, nos integrábamos en ese otro mundo para el que seguíamos siendo invisibles, pero que ya comenzaba a reconocernos solo y precisamente por eso, por la pluma.

Y surgieron de nuevo las voces disidentes (porque por suerte siempre hay alguien que se mantiene en movimiento aunque el resto del mundo se pare), se reivindicaba la pluma como elemento fundamental, como seña de identidad, como arma para hacernos visibles y no desaparecer, como símbolo de la diferencia y del orgullo lésbico.

El Bollo-mix

Y así estamos en la actualidad: la diversidad lésbica es evidente. Unas se pasean por el ambiente y piensan que la pluma para los plumeros, otras cambian de la estética butch a la femme sin ningún tipo de problema ni planteamiento, otras se trabajan la pluma cada mañana y salen con ella por bandera y otras tienen pluma o no la tienen porque la tienen o no, sin más.

Sea como sea, lo único que está claro es que con pluma o sin ella, la visibilidad es nuestra arma. La que tenga pluma será visible solo por poner el pie en la calle, pero la que no la tenga puede hacer tanto o más si se lo propone, porque no se trata solo de tener pluma, sino de vivir como si se tuviera.

Se trata de ser libres y visibles, de mostrar nuestra forma de vida y nuestra sexualidad naturalmente, allá donde vayamos, en el trabajo, en la familia, en la calle, retozando alegremente en el parque más céntrico de tu ciudad…nada hay más trasgresor que esto.


Elena Vergara
Comisaria de PHOTOLES07
COGAM