¿Invisible? No, gracias


Cristina Peri Rossi, hace un tiempo, me comentó que una chica joven le dijo que era importante que existiesen figuras como ella porque las referencias de las lesbianas eran Safo, la Navratilova y punto. “Hay muchas más”, me dijo Cristina, pero “se ha hablado poco de eso. El lesbianismo ha estado muy oculto siempre”. Esa misma tarde en un programa que presentaba Boris Izaguirre, el conocido escritor dijo que las lesbianas han sido siempre transparentes.

Transparentes o invisibles, las lesbianas protagonizamos uno de los enigmas del universo: nadie nos ve y, por lo tanto, muchos no saben que existimos. Acaso, digo yo, nos consideran una leyenda urbana. A mí se me ocurren varias causas que explican nuestra invisibilidad, aparte del hecho de ser mujer, condición que ya, de entrada, difumina nuestros contornos existenciales.
Tradicionalmente, las leyes, la teología y la literatura han ignorado las relaciones entre mujeres. Y, especialmente, la posibilidad de que las mujeres pudieran tener sexo sin un hombre. Algunos legisladores consideraban el sexo entre mujeres como algo tan detestable y horrible, que como un experto del siglo XV dijo: “No debería mencionarse ni escribirse”. Otro jurista del siglo XVI aconsejó a las autoridades de Ginebra que no leyeran en voz alta, como era costumbre en los casos de ejecuciones públicas, la descripción del crimen en un caso de relaciones entre mujeres. Temían que si se hablaba del tema, las mujeres, por sus débiles naturalezas, podrían verse tentadas a este tipo de relaciones.
La reina Victoria de Inglaterra, sabia y puritana, se negó a reconocer el lesbianismo de manera que a la ventaja de no estar prohibido, había que añadir, por otro lado, la clara desventaja de no existir. En cambio, la homosexualidad masculina sí que fue prohibida porque, al menos y dentro de la barbarie, al menos ellos, los hombres, a cambio del castigo, sí tenían identidad.
Hay más casos en que los legisladores han preferido no incluir el lesbianismo en sus códigos por miedo a que al castigarlo y reconocer su existencia pudiera contagiarse o incitar a la imitación por parte de otras mujeres.

Las amistades románticas del siglo XIX, que inspiraron entre otras obras el libro “Las bostonianas”, de Henry James, cubrieron también con un velo de permisividad las relaciones entre lesbianas, que pudieron vivir sus historias de amor sin problemas. En este caso la invisibilidad se convertía en la mejor defensa. Dos mujeres juntas no eran sospechosas a los ojos de la sociedad. Resultaba impensable que su relación pudiese ir más allá de una mera amistad. Y, además, se consideraba que antes de casarse, aquel tipo de relaciones entre mujeres podía ayudarlas a madurar y resultar beneficiosa para el futuro marido. El que no ve es porque no quiere.
Pero, ojo, no hay que confundir invisibilidad con no existencia. Una lesbiana que no está fuera del armario es invisible, es cierto, pero sigue siendo lesbiana.

Otro factor que influye en la invisibilidad del lesbianismo es un fenómeno tan constatable como injusto: que las mujeres nunca hemos tenido las mismas posibilidades de reunirnos en lugares públicos que los hombres. El resultado es que muchas mujeres a lo largo de la historia recurrieron a la transformación, asumiendo la identidad de hombres, no por una cuestión estética, sino para para poder ser libres, montar negocios, comprarse un piso, trabajar, viajar… Así que en este caso tenemos una invisibilidad que, más que invisibilidad, es transformación. Ahí está la cantante Gladys Bentley o Catharine Margaretha Linck, una alemana del siglo XVI, que haciéndose pasar por hombre, sirvió en el ejército y se casó con una mujer que, después de una pelea, le confesó a su madre que Linck no era lo que parecía. La madre llevó a juicio a Linck y ésta fue ejecutada en 1721. Otros casos, como el de Cristina de Suecia –inmortalizada en el cine por Greta Garbo– no tuvieron tantos problemas.

Los hombres heterosexuales y los gays están acostumbrados a moverse en la esfera pública, de manera que siempre lo han tenido más fácil para ser visibles. La mujer, tradicionalmente, ha estado confinada a la esfera privada y por eso vamos dos pasos, o más, por detrás de los gays. Por otro lado, ¿quién escribe la historia?
La respuesta es fácil: los hombres, revestidos por el halo de los ganadores. Eso implica que hay muchos mundos que han quedado en esa otra cara de la historia, que es como la cara oculta de la luna. Entre esos mundos está el de las lesbianas. Pero, os lo juro, basta excavar un poco, hacer arqueología lésbica, para encontrar a mujeres lesbianas en todas las épocas de la historia: Safo, en le Grecia clásica; Natalie Barney y su corte de lesbianas intelectuales en el París de los años 20 y, más recientemente y próxima, la Duquesa Roja en nuestro país, son sólo algunos de los casos que demuestran que a pesar de que no seamos visibles, no sólo somos lesbianas, sino que, además, existimos.
Y, a veces, hasta se nos percibe.

Thais Morales
Periodista y escritora
Blog: http://www.marapales.blogspot.com