Ayer quedé con un amigo que hace tiempo que no veía, alto, simpático, buena persona. Había pasado un tiempo sin verle y teníamos cosas que hablar, así que a lo tonto terminamos en un bar tomando una cerveza. Hablaba con el de temas técnicos, de negocios, porque es de mi ramo, pero en paralelo a esa conversación técnica, mi actitud corporal con él era cada vez más coqueta y femenina. Bajaba la mirada, me pasaba la mano por la frente apartando una melena imaginaria y frotaba mis pies uno contra el otro, inclinándome cada vez más hacia él.

Después caminamos de vuelta a donde nos habíamos encontrado, hablando de todo un poco, intentando explicarle algo de una chica que a mí me gustaba y que de alguna manera estaba conectada con él, dando rodeos a la cuestión tanto frente a él como frente a mí mismo. Caminaba - yo - de forma juguetona, sintiéndome muy niña, con una emoción y una inquietud dentro muy particular.

Y a la hora de la despedida se giró hacia mí y lo vi claro. No quería ni un abrazo ni un beso en la mejilla, quería saltar a sus brazos y comérmelo. Su sonrisa para mí era una invitación y su cuerpo un abrigo en el que me apetecía más que nada envolverme. Pero bajé la mirada y balbuceé la repuesta que él esperaba, y lo abracé reteniendo un poco más de la cuenta el abrazo. Él es hetero, y yo también, o eso pensaba.

No es la primera vez que me pasa. Ha habido amigos con los que el lenguaje heteronormativo se me quedaba corto, y lo he sentido como una barrera que se interponía entre mí y lo que quería expresar, pero jamás de una forma tan evidente como en esta ocasión, y es que he vivido rodeado de unas limitaciones que no he sentido como propias, de unos roles que no tenían sentido para mí.

Porque estoy sola y no sé hablar.