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Juan Carlos Cortázar: “Como la racial, creo que la transfobia es una de las violencias más profundas”.

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  • Juan Carlos Cortázar: “Como la racial, creo que la transfobia es una de las violencias más profundas”.

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    "Como si nos tuvieran miedo" es el más reciente libro del peruano Juan Carlos Cortázar. (Foto: Piko Tamashiro)

    En “Como si nos tuvieran miedo”, el escritor peruano radicado en Santiago de Chile nos lleva a la Lima de inicios del noventa, terrible escenario para crímenes de odio, transfobia y la homofobia. La mirada ‘trans’ le permite enfocarse en el fuego cruzado de la violencia política de entonces. El Comercio conversó con él

    Mariano Melgar es un lugar construido a partir de paisajes degradados, basurales y miseria fácilmente reconocible, en el cual el único color lo aportan Angie y Miluska, dos chicas trans que dirigen la peluquería del barrio. Ella cubren con polvos y realzan la belleza de sus clientas en medio de la marginalidad y la violencia de Sendero Luminoso, visible presencia en territorio liberado. Con su más reciente novela, “Como si nos tuvieran miedo”, Juan Carlos Cortázar (Lima, 1964) logra llevarnos a un tiempo al que muchos no querrán volver, la Lima de 1992, haciéndonos revivir la pesadilla y descubriéndonos lo que entonces no habíamos advertido: que en tiempos de cruenta violencia política, muchas víctimas siguen siendo invisibles: aquellas producto de la homofobia y la transfobia, a manos de Sendero y el MRTA.


    Se trata de una novela de gran ambición y diversas intenciones. Una primera, señala el autor, resulta estética: romper con la “correcta” prosa que caracteriza la literatura peruana realista, herencia de autores canónicos como Bryce, Ribeyro o Vargas Llosa. En su libro, Cortazar quiere “despeinar” el lenguaje, eligiendo una voz ‘trans’ para contar su historia. Como un ejercicio literario, quise abandonar una voz que pudiera corresponder a la mía como persona, la de un hombre, cisgénero y homosexual, que básicamente ha acompañado todo lo que he escrito. Y se me ocurrió probar con una mirada ‘trans’”, explica.

    Otra intención clara para Cortazar al desarrollar su nuevo libro era revivir la historia reciente. Las razones pueden ser muchas: saldar cuentas, sanar, no olvidar, saber que dónde vinimos. Muchas veces escucho a gente menor de cuarenta años para la cual hablar de los años de la violencia política es como hablar del gobierno de Odría. Y no debiera ser así: la historia reciente del país, y los efectos del fujimorismo en nuestra política no se entienden sin la historia de esa violencia”.

    Cuando hablamos de violencia, solemos pensarla en singular, olvidando que en aquellos años vivimos una convergencia de violencias. Y hasta hoy día nadie ha contabilizado las víctimas dentro de la comunidad tan discriminada como la transgénero...

    Los 80 y 90 fueron la suma de todas las violencias. Algunas de ellas venían de muy atrás. La violencia política puso sobre el tapete la racial, de género, las violaciones, y también la violencia homofóbica, lesbofóbica, y transfóbica. Cuando terminó la violencia política, todas las demás siguieron. De hecho, no es una casualidad que la Comisión de la Verdad no tuviera una sección específica para hablar de los crímenes de odio. Yo fui a buscar en los archivos de la CVR en la Defensoría del Pueblo crímenes que estuvieran vinculados a la población LGTBI, y solo había uno. Me dijeron que había algunos más, pero que no eran públicos. Eso te muestra como incluso en el mayor esfuerzo de un país oficial por investigar en la violencia, casos como éstos pasan inadvertidos.

    ¿Cuánto podría ser el saldo de la violencia transfóbica?

    Es difícil decirlo. Para poder entroncar con una mirada trans, lo que hice fue hablar con muchas personas trans, y no sabes la cantidad de prejuicios e ideas falsas que se me cayeron. No sé si mi novela es buena, o si ha mejorado mi escritura, pero de lo que sí estoy seguro es que me hizo mejor persona. Me permitió abrirme no solo a una realidad terrible, (las personas trans en América Latina tienen una expectativa de vida de 35 años, ya eso dice mucho), sino también a una sensibilidad especial, difícil, dura, alegre, marcada por el deseo.

    ¿Cuáles fueron tus fuentes para volver a imaginar la violencia de entonces?

    Una fuente era mi propia experiencia. Yo viví en esa Lima, el barrio de Melgar que aparece en la novela se basa en mi experiencia en el Callao y en el Cono Norte, donde desarrollé un trabajo profesional y de militancia política, eclesial. La violencia estaba allí, allí estaba Sendero. Te cruzabas con ellos, los conocías. Para el libro, traté de hacer mucha memoria. Algo que me ayudó a gatillar este mecanismo de memoria fue también las imágenes de la exposición Yuyanápac, publicadas luego por la Comisión de la Verdad. Luego recorrí todo el año 1992 a través de un par de medios de prensa en la colección de la hemeroteca de la Universidad Católica. Mirar esas fotos me hizo recordar esa sensación de miedo. Entonces, el miedo que uno podía sentir de que te maten tenía que ver con salir de noche y en una redada la policía te crea senderista, o que los senderistas te crean cualquier cosa. Te condenaban por lo que hacías o lo que pensabas. Pero en el caso de la comunidad trans, la violencia era por lo que eras, algo imposible de cambiar, tu identidad de género te define. Como la violencia racial, creo que la transfobia es una de las violencias más profundas.

    ¿Cómo pensar el deseo para asumir la voz trans de tu narrador?

    Es un deseo muy fuerte. Lo asimilé a mi experiencia saliendo del closet. Imagino que lo que te empuja a salir es el deseo. Como se le reprime, el deseo salta con violencia, pero también con color, con felicidad, con ruido. Por ello, me imagino lo terrible de sería esconder este deseo si militas en Sendero Luminoso, como el personaje de Miluska. Es algo muy duro, que consume mucha energía y que da mucho miedo. Ella siente más miedo a sus compañeros de partido que al supuesto enemigo. El deseo es como el agua, se abre paso siempre frente a cualquier obstáculo. Recuerdo siempre mis clases de geografía cuando era chico, especialmente las imágenes de los pongos, como el de Manseriche, donde el agua se abre paso en la roca de formas tortuosas pero a la vez bellas. Uno mira el río abriéndose paso en un cañón y se puede ver el dolor pero a la vez la belleza de su contorsión. Creo que el deseo, sea de la orientación sexual que sea, es así. Cuando lo reprimimos, cuando lo tratamos de encauzar derechito y no por dónde quiere ir o la gravedad lo lleva, siempre se sale del cauce. Eso es doloroso y tremendamente bello a la vez.

    Pensando en los medios de prensa en los que investigaste para la novela ¿Cuánto crees que ha cambiado la representación mediática de lo trans? ¿Cómo hoy se aborda el tema?

    La imagen sigue siendo muy estereotipada en los medios. Viene de las páginas policiales, de los asesinatos, de los travesticidios. Siempre hay una cosa oculta, asquerosa, presentándolos como bichos raros. Hay mucho prejuicio. Como sucede también con el racismo, los prejuicios frente a lo trans van en todas direcciones. Así como hay los prejuicios de los medios, también dentro del mismo movimiento de activistas transgénero. Allí yo siento cierto prejuicio hacia la peluquera, por ejemplo. Como en el caso del activismo gay se le tiene contra la “musculoca” o al gay consumidor y de derecha, ¡como si todos los gays tuvieran que ser de izquierda! A mí me dijeron que el personaje de Angie, al presentarla como peluquera, reforzaba los estereotipos. ¿Acaso es estereotipado el personaje que escribió Mario Bellatin en “Salón de Belleza”? Su personaje es de una enorme y contradictoria humanidad. Con las grandes distancias que pueden haber entre lo que hace Bellatín y mi personaje, espero que mi Angie tenga algo de esa humanidad. El mundo trans es aún un mundo muy desconocido para muchas personas. Y los medios tienen una mirada muy básica, muy cosificadora, esperemos que en la medida en que haya más referentes ‘trans’ en los medios, en la política, en la literatura, eso avance.

    No he podido evitar leer tu novela dialogando con “Las malas”, de Camila Sosa. ¿Cómo observas la la visibilización de la figura de la escritora ‘trans’?

    Definitivamente, el tema de “Las malas” y Camila Sosa ha contribuido mucho a la visibilidad, en un país como Argentina, que tiene mucho mayor desarrollo del mundo LGTBIQ y donde hay otras escritoras y escritores que narran desde lo trans. Camila sosa es su figura más visible fuera de Argentina. En Chile hay una poeta trans, Claudia Rodríguez, buenísima.

    En Chile, donde radicas, tienen a Pedro Lemebel, una figura fundadora...

    Lemebel jugaba con lo ‘trans’. Yo creo que hay una tensión entre el autor y la obra. Como dice Orhan Pamuk, toda buena ficción genera que la gente crea que te pasó a ti. Si yo escribo una novela diciendo que soy gay, padre y que viví fuera del Perú, la gente dirá, “claro, es su historia”. En este caso, es algo difícil, pues obviamente no soy ‘trans’. Y esto genera distintos tipos de reacciones: por un lado, se celebra que el tema se visibilice, y por otro, se toma como un robo, una apropiación, como he leído en un post. A mí la visibilización me parece muy importante, pero no me parece que ese sea el propósito de la literatura. No es su cometido. O, por lo menos, no el de la literatura que a mí me gusta leer y la que trato de escribir. Yo no escribí una novela de tema ‘trans’ con una intención de visibilizar. Lo hice porque quise enchufar con una mirada desde la diversidad sexual que no correspondiera con la mía. Podría haber elegido una mirada lésbica, pero me resultaba mucho más lejana y compleja. Además, escogí mujeres ‘trans’, que, de alguna forma, han trascurrido desde lo masculino hacia lo femenino. Una posibilidad inversa me parece un desafío muy interesante. Pero para mí, el desafío fundamental de la literatura es que sea bella. Si contribuye a visibilizar, obviamente, me parece fantástico.

    Fuente: https://elcomercio.pe/luces/libros/j...ticia/?ref=ecr
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